Justo cuando uno cree que algo ya llegó a su límite, resulta que no es así.

La belleza de Bariloche y sus alrededores fue mayor que mi capacidad descriptiva, por lo que quedarme callado fue lo más inteligente que se me ocurrió. No hablo de la ciudad como tal, que aunque es muy bonita, no le presta nada nuevo a lo que ya estamos acostumbrados por los últimos días de viaje. Es lo que la rodea, es el Nahual Huapi, es la gente, es el cerro Catedral, es el Roxy, son los argentinos, es la vibra.

Ahora nos dirigimos a San Martín de los Andes, otra estación de ski en invierno y lago con playa en verano. Elegimos, por supuesto, el camino difícil, que siempre promete ser más satisfactorio y terminamos en un lugar conocido como “El dedo de Dios”, dentro del Valle Encantado. Como dijo Fede, los argentinos saben bien resumir las cosas al bautizar sus lugares favoritos.

Valle Encantado

Siguiendo por la ruta, fue obligatorio detenernos en el lago Meliquina, otro más dentro de la colección de lagos de agua cristalina y gélida, en donde no pudimos resistir la tentación de charquiar un rato. No importaron la temperatura, ni los tábanos (moscas gigantes que pican muy fuerte), ni el itinerario que antes seguíamos con tanta rigidez.

Lago Meliquina

Mientras manejo hacia San Martín de los Andes, con banda sonora elegida por Fede, pienso en todo lo que hemos visto hasta aquí y en que es inevitable enamorarse fulminantemente de esta tierra. Pienso en mi tierra y en todo lo que me hace falta por conocer de ella, pero no puedo. En fin. Después de recoger una maestra que estaba haciendo auto-stop, caímos a San Martín, hermoso pueblito metido en un valle diminuto entre montañas y con una playa por ahí de un kilómetro en el lago Lácar. Tiene un malecón de donde salen servicios acuáticos a diferentes pueblos al borde del lago y desde donde salen impetuosos los excursionistas en sus káyaks o en sus bicicletas acuáticas. Es un lugar apacible, en la playa todo el mundo mira al lago sin hacer nada más y casi que no hay necesidad ni de hablar. Los cuerpos se tuestan en este sol que es más abrasivo aquí que en cualquier lugar del mundo, pero nadie parece preocuparse por el cáncer de piel o cualquier otra trivialidad.

Pasamos aquí una tarde relajada en la que cada quien tomó su propio rumbo y deshizo entre pensamientos o sueños todas las tensiones que los kilómetros han ido acumulando. Una tarde perfecta en un lugar perfecto que murió cuando salimos volando hacia Villa la Angostura, nuestro destino para esta noche.