
Los gajes del oficio me llevaron a una tradicional y reconocida whiskería capitalina en donde una joven rubia me declaró su amor. Logré sentirme mal cuando agarró mi mano y sin soltarla, nostálgica exclamaba "que manos tan suavecitas".
Suplicó casi desesperada que la acompañara en esa solitaria noche, tal vez para evitar algún grasoso (y calloso) sujeto a los que seguramente está mal acostumbrada.
O quizás sólo quería seducirme para apoderarse de unas riquezas inexistentes que imaginó en mí.
Con una foto junto a sus compañeras de trabajo, le pagué.
Se ve que es una buena tipa.
No puedo competir con la real locura...
Esta canción es droga para mí...
El tiempo es arena en mis manos...