
Los gajes del oficio me llevaron a una tradicional y reconocida whiskería capitalina en donde una joven rubia me declaró su amor. Logré sentirme mal cuando agarró mi mano y sin soltarla, nostálgica exclamaba "que manos tan suavecitas".
Suplicó casi desesperada que la acompañara en esa solitaria noche, tal vez para evitar algún grasoso (y calloso) sujeto a los que seguramente está mal acostumbrada.
O quizás sólo quería seducirme para apoderarse de unas riquezas inexistentes que imaginó en mí.
Con una foto junto a sus compañeras de trabajo, le pagué.
Se ve que es una buena tipa.