Sin dudarlo, noche tras noche, Dayana se exponía al escrutinio del selecto público que se gastaba los billetes sobrantes del alcohol en su cadencioso espectáculo. Poco le importaban los gestos grotescos de esa clientela a los que ya estaba más bien acostumbrada. Se había vuelto un juego para ella provocar a esas bestias hambrientas con sus movimientos y su indescifrable mirada, que aún después de todo lo que había visto, conservaba el brillo propio de la de una jovencita enamorada.
Dayana era una princesa. Así lo pensaba ella y toda la gente en general. No importaban su maquillaje de mal gusto, sus vestidos gastados, ni su corona de flores marchitas. Sólo importaba su brío, silencioso sometedor de hombres y mujeres. Dayana en el escenario era "Leidi Di". Y no sólo compartió su nombre con la princesa de Gales, sino también algo de su callejera muerte en un accidente de carros, producto de los malos tragos de un conductor que engullía el último sorbo de su botella de vino espumoso.
Siempre hacía lo que le venía en gana y fue en más de una oportunidad que el macarra del local tuvo que vérselas con clientes furiosos que reclamaban la devolución de su dinero, simplemente porque a ella se le habían quitado las ganas de desgarrar cuerpos, sacar lágrimas y agotar poros. Nadie conocía la razón de sus desdenes. Se especulaba que ocurrían en los días que la acechaba el recuerdo de su único amor, que venía a reclamarle sobre su conducta lujuriosa y sicalíptica.
Fue respetada incluso por las damas de la alta alcurnia, quienes pagaban con frecuencia cualquier tarifa a cambio de sus arrogantes enseñanzas sobre cómo amar con desenfado y pasión. Mientras tanto, por la puerta de atrás, sus maridos rabiosos escapaban después de dilapidar sus fortunas con esa misma maestra de las artes del amor.
Dayana desapareció del mismo modo que llegó: súbitamente. Y así como toda la atmósfera del lugar cambió con su llegada, así cambió todo con su intempestiva partida. Ese misterio que la rodeaba terminó en el instante justo de morir, cuando gritó como última palabra el nombre secreto del amor que la perseguía en sus noches de furia. Un nombre que nadie oyó y que fue el eco ruin de quién se llevó su corazón y la salpicó de todas las culpas. El nombre de Carlos, su primer, único y verdadero amor.