Camisa abierta mostrando el pecho, jeans de marca, zapatos caros, chaqueta de cuero, reloj vistoso, pulseras hippies, corte de pelo a la moda, fenotipo de mestizo genéticamente desmejorado, ceño fruncido, mirada por encima del hombro, caminar en puntas de pie y en general, actitud de
"I own the place".
Su apellido y su apodo son el mismo, proveniente de la poco creativa costumbre de los colegios clásicos capitalinos de llamarse entre sí por el apellido. Lo rodean las nenas más lindas del lugar, esas a las que les picó el ojo en la entrada cuando le susurró al
bouncer "sí, ellas sí". Las mismas a las que les da trago a cambio de sus labios y sus lenguas furiosas.
Cuando desbanca al
DJ levanta la mano al ritmo de la música y toda la concurrencia brinca enardecida siguiéndole el ritmo. Es el rey de la noche, el
roll model, el tipo más
cool del quinto país del tercer mundo. Es Villamil.
Me sabes a mierda Villamil y no es nada personal, sólo te he visto una vez. Me saben a mierda todos los que son como tú, los que todavía no se despiertan en esta provincia suramericana llena de pobreza. Los que no se han dado cuenta de que son la minoría así tengan sus billeteras llenas. Los que rompen las suspensiones de sus carros de lujo en nuestras calles de herradura. Los que dan trabajo a regañadientes. Los que juzgan a los demás por lo que llevan puesto, por los modismos que usan o por las religiones que no profesan. Los que no ven más allá de su estúpida nariz colmada de perico.